
Con gran publicidad se está comentando la posibilidad de anular el voto el próximo 5 de julio. Diversos comunicadores, así como algunos de aquellos que se suelen autodenominar “intelectuales”, aseguran que de esta forma se castigará a la partidocracia y los ciudadanos tendrán una manera de mostrar su hartazgo ante el actual sistema político.
¿Realmente se logrará esto? Todo parece indicar que no. Lo que sí se logrará es que los cargos electos en una elección con alto abstencionismo y con muchos votos nulos lleguen con pocos votos efectivos a su favor, por lo que la estructura de cada partido tendrá un peso preponderante. Es decir, pretendiendo castigar a las estructuras partidistas en realidad se les estará dando más poder. ¿No resulta entonces una tomadura de pelo esta propuesta?
Quienes promocionan la anulación del voto aseguran que todos los partidos son iguales, que no hay diferencias sustanciales y que, por lo tanto, es preferible anular el voto como protesta. Pero lo cierto es que esto es una gran falacia. Basta darse un asomo por sus plataformas políticas (algo que seguramente casi nadie de quienes proponen el voto nulo ha hecho) para darse cuenta que existe una amplia oferta en casi todos los temas, y que los partidos proponen cosas muy distintas a problemas muy similares. Algunos proponen más intervención del Estado, otros mayor participación de la sociedad y del individuo; algunos promueven una agenda más enfocada en minorías, otros piensan más en el bien común nacional. Y justamente de eso se trata una democracia: que opciones distintas compitan en un ámbito de civilidad en la lucha por el poder.

Promover la anulación del voto es promocionar un clima antipolítico, un clima de rechazo al sistema, similar al que ha existido en aquellos países en los que algún líder mesiánico ha llegado al poder alzando la bandera de la protesta contra las instituciones existentes. Lo mismo ocurrió con Hugo Chávez en Venezuela o con Adolfo Hitler contra la República de Weimar, en Alemania.
Anular el voto es manifestar un rechazo absolutamente destructivo al sistema político, sin proponer realmente ningún esquema para mejorarlo. Y es que todo sistema político es mejorable, no existe la democracia perfecta. Aún en las democracias más avanzadas se producen escándalos, políticos desvinculados de su electorado, casos de corrupción. Pensemos mejor en aquellas reformas institucionales que nos van a permitir tener una democracia de mejor calidad. Entrémosle ya de lleno a temas como el de la posibilidad de la reelección de los legisladores, a fin de que los ciudadanos puedan ejercer en cada elección un juicio ciudadano sobre sus representantes y decidir si merecen o no continuar en sus puestos. Diseñemos aquellos mecanismos que impedirán la parálisis legislativa y que eliminarán los incentivos para que los partidos de oposición obstaculicen al Presidente en turno. Consideremos la necesidad de presionar para que todas las entidades federativas y presidencias municipales rindan cuentas con total transparencia, como ya lo hace el gobierno federal. Pensemos en la revisión de la legislación electoral para eliminar de ésta todos aquellos candados que impiden campañas más dinámicas, flexibles e informativas.
Construir la democracia mexicana costó mucho esfuerzo, y llevó muchos años. Desconocer los avances significa olvidar aquellos años en los que el PRI manipulaba a su antojo las elecciones, y donde el Presidente no rendía cuentas y era amo y señor del país. Insistimos: falta mucho por mejorar, pero es preferible hacerlo desde las instituciones y con una propuesta realista. Dejemos atrás aquellas utopías que a nada bueno nos llevan.
